IBN GABIROL MEDITA FRENTE AL MAR

 

… Eres un ser errante hasta el último aliento.

Marcado está en la mente,

en la profundidad del corazón.

Marcado en tu ascendencia,

ambulante entre riadas de olivos centenarios

hasta la luz marina que la acoge en su ámbito.

                                              

                                    Muy pronto en soledad,

hollando la mirada las esponjosas nubes

en búsqueda de la última caricia,

anegados los ojos por una inmensidad

que desbordaba el cuerpo con un escalofrío.

 

¿Qué guardas en la alforja, al-Malaquí,

que no sea semilla de niñez?

Los rizos de la mar desmelenada.

La brisa estremeciendo

las somnolientas cañas

de azúcar y el ropaje

de las higueras, siempre

tan preñado de olor.

El crujir de maderos

entre vómitos de olas.

Las calles hermanadas

por la luz, por la sombra,

por el olor del cuero y de la hogaza,

por el mirar fulgente de los niños,

que imaginan espacios en la noche

lejos de las almenas, de la mar

y de las atalayas.

 

Difícil no esconderse con una piel sangrante.

Campo resquebrajado,

campo baldío el cuerpo.

Difícil no sentirse con la marca

mientras resbalan por la piel los ojos;

mientras bastantes manos serpentinas

sutilmente se escurren;

mientras el shalom se hiela en los oídos.

 

Entonces vistes traje de tristeza

hasta que se conduelen las pestañas

y te dejan caer en la orilla del sueño.

Y eres Namán que naces de las aguas

con tierna piel de niño.

Y buscas manos, ojos, que te palpen, te miren…,

pero se precipita la mañana

y el cuerpo se repliega bajo sombra.

 

Allí, entre el deterioro,

el alma se desvive por las noches sin término.

Las noches de ventanas sin fallebas,

de postigos sin llave. Como esta,

cuando el divino aliento recorre el universo,

cuando una sombra de su inmensa luz

—nada de lo creado

resiste su fulgor—

abre caminos en la mar y pinta

los labios de las olas,

inquietos por besar pronto la orilla.

La sombra de su luz

que ya va encandeciendo

la tímida mañana.

 

Si algo cabe en tu alforja,

que no sea el orgullo

de poeta o filósofo:

te han salpicado gotas de la divina fuente.

En las justas poéticas,

cuando con tus poemas complacías

a los nobles galantes y a sus damas,

más de una vez, un verso

mudando trayectoria

traspasaba tu ser con el sonido puro

de la altura sin techo,

y percibías una emanación

de amor y de belleza.

 

La alforja, las sandalias, el camino.

Y una ligera brisa

con aliento a limones y cerezas.

Muy próxima la mar en esta noche

con perfiles de labios y de cejas,

con suave ondulación de melena sin límite.

Hasta tu cuna el alma, al-Malaquí,

a por besos de niño nunca dados.

 

Cerca el susurro en vuelo con tu nombre,

el abrazo infinito que te abrase.

Mientras, como un Elías esperando.

(Los rostros de Ítaca, Ediciones Rilke)

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