Conservo en la retina lo que puedo llevarme de ti, pueblo de mi infancia. Insaciable, lo intento todo, piedra a piedra, sentimiento a sentimiento, y no puedo evitar que te derrames. Pero, ay, tu luz me llega más cansina. Esa luz, joven, que se precipita por los adarves y ágil va ascendiendo hasta las más lejanas cumbres. Luz, no atrapada, que deja jirones en los verdes olivares, en las sombrías faldas de los montes, en las tonalidades de las sierras… Color me vas perdiendo. Casi en blanco y negro ya tu imagen. Dime que tú nunca envejeces. Dime que por siempre reluces, que soy yo, a lo largo del tiempo, jadeante y cansado. (Manuel Aguilera, Y entre los abrojos pájaros de luz , Ediciones Rilke)